Formas de mujer

Los rincones de mi casa tienen formas de mujer, también. Los rincones de mi casa están llenos de sorpresas de mujer. Señalan, la mayoría de ellos, esquinas que separan a unas de otras.

Que clasificadas sí las tengo. Por paredes: las rubias al Norte, las morenas al Sur. Al principio, cuando aún no conocía su idéntica condición, seguía otros criterios, pero pronto me di cuenta que lo único que las diferencia es el color del tinte de su pelo.

Que por el resto, la verdad, poco difieren unas de otras, especialmente cuando vuelvo de la cocina, con el cortante en la mano derecha y la copa de tinto en la izquierda. Nada valoran, son incapaces de agradecer que mantenga el acero al carbono limpio de óxido. Qué sabrán ellas, que ni ven que son siempre artesanales, con el mango de boj. Y les ofrezco la copa y si aciertan la cata, les prometo ser mi obra maestra, pero nada, no hay forma. Apenas alguna supo distinguir la variedad de la uva. ¿Para qué habían venido, entonces? En los anuncios siempre lo dejo bien claro:

“Hombre blanco, soltero, busca mujer blanca, soltera, para compartir un buen caldo y algo más”. Por eso decidí simplificar y sólo separar a las rubias de las morenas, que -todo hay que decirlo- son la mayoría, que me he llevado muchas sorpresas. Porque me gusta desvestirlas antes de archivarlas definitivamente, que con los años la ropa termina siendo un estorbo de jirones encalados en el caso de que haya mudanza. Debo reconocer, eso sí, que reservo una pared maestra que mira al sudeste para la primera pelirroja que se avenga. Aunque últimamente, avenirse, lo que se dice avenirse, ninguna, sea como sea. Antes eran más sufridas todas, ahora siempre lloriquean, las muy mocosas, corriéndoseles el rimel por las mejillas hasta la boca, ¿cómo esperan así disfrutar del vino?. A la penúltima incluso le dije si creía que el caldo era una sopa para curarle la congestión.

Por favor! Que no me lloren, que lo dejan todo hecho unos zorros, que después allí se quedan mirándome, quietas, muy quietas, y sin prestarse a nada. Que nada les pido luego, que el momento de la empatía es entonces y no luego, que ya me encargo yo de limpiar su sangre. Y qué roja la tienen, las tías. Hay paredes que llevan -al menos- cuatro manos de pintura. Pero las muy desagradecidas no colaboran ni muertas. ¡Hala!, cada una a lo suyo, en su rincón, dando forma de mujer con esa sangre tan roja que todas tienen sobre el bonito blanco hielo de las paredes de mi casa.

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